Un silencio estrepitoso cayó sobre la ciudad aquella noche, todos observaban el cielo buscando respuestas. Nadie entendía lo que pasaba, ni porque el aire se volvía tan tenso. El ambiente estaba pesado y se sentía en el inconsciente una preocupación tremenda. Una de las nubes se alejaba del resto, como huyendo de aquel momento. El cielo parecía tener un imán y todos querían acostarse sobre el frío suspenso. Todo indicaba que algún corazón se había roto en aquel momento.
No importa que tan lejos estemos, que tanto corramos, ni que tanto nos escondamos, el dolor es parte del sentido de la vida y el tiempo nos consume en un segundo. Además de la muerte existen mil cosas peores, porque el infierno es una linda metáfora sobre lo difícil que es ser un humano racional, de ser un animal que siente.
De cada suceso existen un millón de escenarios diferentes y de cada golpe existe un millón de maneras de repararnos, la ciudad se había silenciado para ver el momento en que una de esas millones de opciones se cumplía, era como si el apocalipsis hubiera llegado premeditamente a la cabeza de algún triste ser.
Existen bellos complementos que no pueden sobrevivir sin el otro, gracias al frío hay calor, gracias a la felicidad está la tristeza y, quizás esto signifique, que en algún punto de la vida, un alma se encontrará con alguna otra, necesariamente complementaria, necesariamente dicotomica a la primera.
